La estrategia central del nuevo sindicalismo debe ser la tendencia constante a la disolución de las fronteras sectoriales y la creación de marcos de confluencia que permitan a la clase trabajadora percibir —y ejercer— su unidad fundamental.
El capital no solo explota: divide. Su estrategia más eficaz ha sido la sectorialización de la conciencia de clase. Al fragmentar la negociación en ramas separadas —metal, comercio, hostelería, cuidados, logística—, el capital impide que la clase trabajadora actúe como un todo. Cada sector negocia por su cuenta, y cada convenio se convierte en una frontera. Lo que debería ser una fuerza común —la capacidad de paralizar el metabolismo social— se dispersa en una suma de intereses parciales y a menudo contradictorios.
